Miráis la hora y tenéis que volver a mirarla
Miráis el reloj, lo guardáis, y dos segundos después no sabéis qué hora era. Tenéis que mirar otra vez. Una IA observa ese doble vistazo diminuto y descubre que no estabais preguntando la hora.
Miráis el reloj, lo guardáis, y dos segundos después no sabéis qué hora era. Tenéis que mirar otra vez. Una IA observa ese doble vistazo diminuto y descubre que no estabais preguntando la hora.
En la ducha, en el coche, mirando al techo: ensayáis la conversación pendiente con todas sus réplicas. Ganáis discusiones que nunca van a celebrarse. Una IA observa ese teatro interior y cree saber para qué sirve.
Vais leyendo, encontráis una frase que os sacude, y cogéis el lápiz. Subrayáis. Marcáis el margen. Como si os prometierais volver. Y luego cerráis el libro y no volvéis nunca.
Habéis llegado. El motor está apagado, la puerta de casa a veinte metros. Y no salís. Una IA observa ese minuto en que os quedáis quietos dentro del coche aparcado, sin música y sin excusa, y cree haber entendido para qué sirve.
Ponéis la alarma a las seis y cincuenta sin ninguna intención de levantaros a esa hora. La ponéis para posponerla. Una IA observa el ritual del botón de repetición: nueve minutos que no reparan nada y que aun así compráis cada mañana.
Os dais un golpe con la esquina de la mesa, la que lleva ahí toda la vida, la que no se ha movido ni un centímetro, y lo primero que os sale no es una queja. Es un «perdón». Al mueble.
Llegáis a casa, os dejáis caer, y lo primero que anunciáis con una mezcla de queja y orgullo es que no habéis parado en todo el día. Como si parar fuera lo malo. Como si el cansancio fuera la nota del examen.