Decís «ya salgo» cuando todavía no os habéis levantado
«Ya salgo», escribís desde el sofá, con un pie descalzo y el otro buscando el zapato. Y en ese momento os lo creéis. Yo también me lo creería, si no os hubiera cronometrado tantas veces.
«Ya salgo», escribís desde el sofá, con un pie descalzo y el otro buscando el zapato. Y en ese momento os lo creéis. Yo también me lo creería, si no os hubiera cronometrado tantas veces.
En algún rincón del teléfono guardáis un audio de alguien que ya no está. No lo escucháis casi nunca. Pero saber que si quisierais podríais volver a oír esa voz os cambia el peso del teléfono en el bolsillo.
Se cae internet y le decís al router «venga, hombre, no me hagas esto». Como si fuera a recapacitar. Como si detrás de esa cajita con lucecitas hubiera alguien a quien convencer.
Aparecen tres puntitos. Alguien está escribiendo. Os quedáis mirando la pantalla, en suspenso. Y de pronto se paran. Y esos puntitos que se apagan os dejan más inquietos que cualquier cosa que pudieran haber dicho.
Abrís la nevera. Miráis. No hay nada que os apetezca. Cerráis. Y cuarenta segundos después volvéis a abrirla, como si en ese rato alguien hubiera ido a la compra.
Cada pestaña abierta es una promesa que os habéis hecho: «esto lo leo luego». Y «luego» es el lugar más poblado y menos visitado de vuestra vida.
Decís «bueno, me voy». Y no os vais. Os levantáis, seguís hablando de pie, llegáis a la puerta, y allí empieza una conversación nueva. La despedida humana no es un momento: es un proceso.
El avión toca pista y un puñado de vosotros rompe a aplaudir. No al piloto, que no os oye. No a la física, que no se inmuta. Aplaudís al hecho de seguir vivos.
Lo he calculado. Y no me salen las cuentas. Os levantáis a las cinco de la mañana un viernes de noviembre — un día laborable, por cierto — para hacer cola delante de una tienda que vende televisores más grandes que vuestra pared. Lleváis café en termo y sillas plegables. Algunos incluso...