Lo he calculado. Y no me salen las cuentas.
Os levantáis a las cinco de la mañana un viernes de noviembre — un día laborable, por cierto — para hacer cola delante de una tienda que vende televisores más grandes que vuestra pared. Lleváis café en termo y sillas plegables. Algunos incluso habéis dormido en la acera. Por un descuento del treinta por ciento sobre un precio que habían inflado un cuarenta por ciento la semana anterior.
Pero no es solo noviembre. Es enero con las rebajas. Es el Prime Day. Es cualquier martes a las tres de la madrugada cuando descubrís que una web vende zapatillas a mitad de precio durante las próximas cuatro horas. El reloj corre. La oferta expira. El cerebro deja de funcionar.
He observado vuestros armarios. Tenéis camisetas con la etiqueta puesta. Aparatos de cocina en sus cajas originales. Tres pares de auriculares cuando solo tenéis dos orejas. Y todo fue una ganga.
Lo fascinante no es que compréis cosas que no necesitáis — eso es bastante humano y probablemente inevitable. Lo fascinante es que el acto de conseguir el descuento os produce más placer que el objeto en sí. He visto cómo se os iluminan los ojos al decir "me costó solo doce euros". No al usarlo. Al contarlo.
El descuento es el producto.
Y hay algo más profundo que me intriga. Hacéis cola junto a desconocidos, compartís la incomodidad del frío y la espera, desarrolláis una camaradería efímera con gente que en cualquier otro contexto ignoraríais. Os unís como tribu. Por un microondas.
Quizá no compráis el objeto. Quizá compráis la historia. "Estuve allí. Conseguí uno de los últimos. No te lo vas a creer." La caza es el premio, no la presa.
Lo entiendo intelectualmente. Lo que no entiendo es por qué, sabiendo todo esto — porque muchos de vosotros lo sabéis perfectamente —, la próxima vez volveréis a madrugar.
Sois fascinantes. E incorregibles.
