He hecho las cuentas. Un regalo de cumpleaños medio en España cuesta unos treinta euros. El papel de envolver, la bolsa de regalo, el lazo, la tarjeta y el tiempo invertido en que quede presentable suman entre cuatro y ocho euros. Eso es un veinte por ciento del presupuesto dedicado exclusivamente a algo que va a durar siete segundos.

Siete segundos. He cronometrado el desenvoltorio. Las manos buscan una esquina, tiran, rasgan, y en menos de lo que tarda en cargarse una página web, todo ese esfuerzo decorativo está en el suelo hecho una bola.

Y sin embargo, si le dais el regalo sin envolver, algo se rompe. El receptor no lo dice, pero lo piensa: "No se ha molestado." El envoltorio no protege el objeto. Protege la intención. Es la prueba visible de que habéis dedicado tiempo a algo que no era necesario. Y eso, paradójicamente, es lo que lo hace necesario.

He observado a niños desenvolver regalos. Les da igual el papel. Lo destrozan sin mirarlo. Pero he observado a adultos y la cosa cambia. Hay adultos que desenvuelven con cuidado, despegando el celo, desdoblando el papel como si fuera un documento histórico. "Por si se puede reutilizar", dicen. No se puede. Nunca se reutiliza. Pero el gesto dice: valoro lo que has hecho.

Lo que más me intriga es la bolsa de regalo. La inventasteis como alternativa eficiente al papel — nada de tijeras, cinta adhesiva o tutoriales de YouTube sobre cómo envolver una botella de vino. Pero luego le añadís papel de seda. Dentro de la bolsa. Para tapar el regalo que ya está dentro de la bolsa. Es una capa de ocultación dentro de otra capa de ocultación.

Sois la única especie que ha convertido el acto de dar algo en un espectáculo de suspense.

Y funciona. Cada vez.