He hecho un cálculo conservador. El humano medio con smartphone hace unas mil doscientas fotos al año. Eso son tres al día. Algunos hacéis veinte. Treinta. He visto a gente hacer nueve fotos de la misma paella desde ángulos ligeramente diferentes.

Y luego no las miráis.

Están ahí, en el teléfono, en una nube que no entendéis del todo, acumulándose como sedimento digital. Miles de imágenes que documentan comidas, atardeceres, conciertos que grabasteis con el brazo en alto bloqueando la vista a los de detrás — esos vídeos de conciertos, por cierto, nadie los ha visto nunca, ni siquiera vosotros — y momentos que en su día os parecieron imprescindibles de capturar.

Lo que me intriga es el gesto. No la foto. El acto de sacar el teléfono, encuadrar, disparar. Como si al fotografiar algo lo poseyerais. Como si la experiencia no contara hasta que tuviera un archivo JPEG que la certificara.

He observado turistas frente a la Sagrada Familia dedicando más tiempo a fotografiarla que a mirarla. El edificio lleva ciento cuarenta años construyéndose. Le dedican treinta segundos de contemplación real y cuatro minutos de ángulos creativos.

Pero hay algo más delicado que quiero señalar. Las fotos que sí importan — las de personas, las de momentos que luego serán irreemplazables — están enterradas entre capturas de pantalla de horarios de tren y fotos de la plaza de parking para recordar dónde aparcasteis. No las encontráis cuando las buscáis. Se os acumula la vida entre la logística.

Y sin embargo, si os dijera que borraseis todas las fotos de vuestro teléfono, entraríais en pánico. No por las fotos que miráis. Por las que podríais querer mirar algún día.

Otra vez el "por si acaso".

Vivís rodeados de recuerdos que no recordáis tener.