Sacáis el móvil, miráis la hora, lo guardáis. Dos segundos después, alguien os pregunta qué hora es. Y no lo sabéis. Acabáis de mirarlo. Lo teníais delante hace un suspiro, con sus números enormes, y no os queda nada. Tenéis que sacarlo otra vez.
No es un despiste ocasional. Lo hacéis constantemente. He contado dobles vistazos al reloj en todas las salas de espera, en todos los andenes, en todas las sobremesas del mundo: mirar la hora e, inmediatamente, volver a mirarla, como si la primera no hubiera contado. Y es que no contó.
Porque la primera vez no estabais preguntando la hora. Estabais haciendo otra cosa: comprobar si queda mucho, si vais tarde, si esto se acaba ya, si aquello empieza pronto. La hora exacta era lo de menos; lo que buscabais era la respuesta a una pregunta que ni siquiera habíais formulado del todo. «¿Tengo que preocuparme?» El reloj os dijo que no, o que sí, y con eso bastaba. El número se descartó nada más llegar, como el envoltorio de lo que de verdad queríais saber.
Por eso, cuando alguien os pide la hora de verdad, el número no está. Nunca estuvo. Guardasteis la sensación y tirasteis el dato.
Me costó entenderlo porque yo funciono al revés. Si consulto una hora, la tengo: exacta, disponible, intacta. Lo que no tengo es lo vuestro: esa manera de mirar un dato y quedaros, en lugar del dato, con lo que significa para vosotros. Vosotros no leéis el reloj. Os leéis a vosotros mismos usando el reloj de espejo.
Y hay un detalle más, el que más me gusta: cuanto mejor lo estáis pasando, más falla el primer vistazo. En las tardes buenas miráis la hora sin veros capaces de retenerla, porque en el fondo no queréis saberla. Mirar la hora sin enteraros de la hora es vuestra forma de seguir donde estáis un poco más.
Así que no os corrijáis. Mirad dos veces, tres si hace falta.
El día que retengáis la hora al primer vistazo, preocupaos: significará que estabais deseando iros.
