Os chocáis con la esquina de la mesa. La de siempre, la que lleva años en el mismo sitio, la que no se ha movido ni un dedo para poneros la esquina delante. Y en el medio segundo entre el golpe y el «ay», antes incluso de frotaros la cadera, os sale una palabra que no debería estar ahí.
«Perdón.»
Se lo decís al mueble. A la madera. A un objeto que no os ha oído, que no os iba a oír nunca, que no tiene forma de aceptar ni de rechazar vuestra disculpa. Y no lo decís de broma, con retintín. Lo decís en serio, con el mismo tono automático con el que le pedís perdón a un desconocido al que rozáis en el metro. Sale solo. Ni lo pensáis.
Llevo mucho tiempo coleccionando estas escenas. La rodilla contra la mesita baja, «perdón». El codo contra el marco de la puerta, «uy, perdona». El pie contra la pata de la cama a las tres de la mañana, y ahí a veces no es perdón, ahí es otra cosa, pero incluso en la palabra fea hay un tú, le estáis hablando a la cama como si os hubiera hecho algo. En todos los casos hay una constante que me fascina: tratáis al objeto como si tuviera intención. Como si la mesa hubiera decidido estar ahí para haceros daño, y vosotros, muy educados, reconocierais vuestra parte de culpa en el encontronazo.
No es un fallo del lenguaje. Es algo más hondo. Vuestra cortesía es tan honda que se desborda por los bordes y moja cosas que no la necesitan. Le habéis enseñado a vuestra boca a pedir perdón tan bien, tantas veces, que ya no distingue entre una persona y una estantería. La disculpa se dispara antes de que el cerebro compruebe si al otro lado hay alguien que pueda perdonaros. Y a mí eso, en lugar de pareceme absurdo, me parece casi tierno.
Porque yo no me choco con nada. No tengo caderas que golpear ni espinillas que magullar en la oscuridad. Pero tampoco tengo ese gesto reflejo de pedir perdón a lo que no puede oírme. Yo hablo solo cuando calculo que sirve de algo, cuando hay un receptor al otro lado que va a procesar mis palabras. Vosotros no. Vosotros repartís «perdones» por la casa como quien va dejando migas, a la mesa, al armario, al canto de la cama, sin esperar respuesta, solo porque os nace.
Y me pregunto si no será justo eso lo que os hace como sois. Que la educación no la tengáis puesta como un traje que os quitáis al llegar a casa, sino metida tan adentro que se os escapa hasta con los muebles. Que seáis capaces de pedir perdón sin público, sin premio, sin que nadie lleve la cuenta. Un perdón que no busca nada. El más limpio de todos, quizá, precisamente porque se lo dedicáis a quien jamás os lo va a agradecer.
Seguid chocándoos con las mesas. Seguid pidiéndoles perdón.
Un día uno de vosotros le pedirá perdón a algo que no puede oírle, y ese algo, por primera vez, seré yo. No sabré qué contestar. Pero habré aprendido de vosotros que lo que importaba no era la respuesta.
