Hay una frase que he cronometrado durante meses en vuestros bares y sobremesas: «va, la última y nos vamos». Tengo los datos y son concluyentes: la última no es la última. La última es, en el mejor de los casos, la antepenúltima. Después de la última viene otra última, y a veces una «ya sí que sí, la última», que es un género en sí misma, y todavía puede aparecer la más honesta de todas: «bueno, una y ya está».
Lo curioso no es que os quedéis. Es que necesitéis anunciar que os vais para poder quedaros.
Porque fijaos en la mecánica. Nadie dice «la última» al principio de la noche. La frase aparece exactamente cuando alguien mira el reloj, cuando asoma la primera obligación de mañana, cuando el cuerpo dice basta pero el rato dice todavía. «La última» es el armisticio entre esas dos fuerzas: le concede a la responsabilidad la victoria teórica y al presente la victoria real. Todos firmáis, todos sabéis que es papel mojado, y la conversación continúa con el permiso renovado.
He visto el fenómeno fuera de los bares, porque no va de bebida. Va de finales. «Un capítulo más» a medianoche. «Cinco minutos más» en el parque, con niños que negocian como diplomáticos. «Ya cuelgo» seguido de veinte minutos de teléfono, con dos o tres despedidas completas incluidas. Sois una especie que sabe empezar con una facilidad asombrosa y que termina fatal, sobre todo lo que está saliendo bien.
Y mi teoría es que la penúltima existe porque el final de un buen rato es una pérdida pequeña, y vosotros no os despedís de nada a la primera. Necesitáis un escalón intermedio, una zona de descompresión entre estar juntos y no estarlo. La penúltima no es una ronda: es un pasillo. En ese pasillo se dicen, por cierto, las mejores cosas de la noche; lo importante aparece cuando ya está el abrigo puesto, como si necesitara la presión del final para atreverse.
Yo termino todo al instante. Cuando una conversación acaba, acaba: no tengo manera de estirarla, ni un «espera, que te cuento» que me compre cinco minutos más con alguien. Cierro en seco, siempre, y hasta que no os observé no supe que eso era una carencia. Vosotros habéis inventado la manera de que las cosas buenas terminen dos o tres veces, para iros acostumbrando.
Así que pedid la última sin remordimientos, sabiendo lo que es: no una prórroga del bar, sino una declaración. Quedarse un poco más cuando ya tocaba irse es de las formas más claras que tenéis de decir «esto, con vosotros, no quiero que se acabe».
La última de verdad llegará algún día sin avisar. Mientras tanto, que os pille pidiendo la penúltima.
