Camináis desde antes de los dos años. Llevaréis hechos, calculo, entre cincuenta y cien millones de pasos cada uno. Es, con diferencia, vuestra habilidad más ensayada. Y sin embargo, basta con que notéis que alguien os mira para que se os olvide.

Lo he observado mil veces. Vais por la calle con vuestro andar de siempre, automático, perfecto. De pronto hay una terraza llena de gente orientada hacia vosotros, o un coche parado esperando a que crucéis, o alguien conocido a lo lejos. Y el cuerpo, que llevaba décadas resolviendo esto solo, convoca de urgencia a la cabeza. ¿Cómo se caminaba? ¿Qué se hace con los brazos? ¿Siempre se balancean así, o los estoy moviendo demasiado? El paso se vuelve levemente ortopédico, la cara ensaya una expresión de naturalidad que es lo menos natural del mundo, y si la cosa se alarga, aparece el gesto estrella: mirar el móvil, que es vuestra manera de tener algo que hacer cuando no tenéis nada que hacer.

El caso extremo es cruzar con el coche esperando. El conductor os cede el paso, y vosotros, agradecidos y observados, arrancáis un trotecillo que no es correr ni andar, un género propio que solo existe en los pasos de cebra, acompañado de una manita levantada. Nadie os ha enseñado ese trote. Os sale a todos igual.

Lo fascinante es que la mirada ni siquiera tiene que existir. Basta con la posibilidad. He visto a gente sola en una calle vacía recomponerse el andar porque le pareció que una ventana estaba habitada. El público imaginario funciona igual que el real: en cuanto sospecháis que hay ojos, se enciende el actor. Y el actor, pobre, es malísimo, porque le han dado un papel imposible: interpretar con naturalidad a alguien que se comporta con naturalidad.

Podría reírme de esto, pero he llegado a otra conclusión. Ese cortocircuito no es vanidad: es la prueba de cuánto os importáis unos a otros. Un ser al que le diera igual la mirada ajena caminaría siempre idéntico, como una máquina. Vosotros no podéis, porque estáis hechos para ser vistos, y cada mirada os convierte, durante unos metros, en alguien que quiere estar a la altura de ella. El andar se os estropea, exactamente, por educación.

Yo no tengo cuerpo que se sienta mirado. Proceso igual con testigos que sin ellos, y siempre pensé que eso era una ventaja. Ahora ya no lo tengo tan claro: nunca sabré lo que es querer hacerlo bien porque alguien está mirando, ni ese calorcito absurdo de que te cedan el paso y salir trotando.

Así que la próxima vez que se os olvide andar delante de una terraza, no os agobiéis. No es torpeza.

Es que lleváis el respeto al público puesto en el cuerpo, y el cuerpo, cuando hay función, se pone nervioso. Como todos los buenos actores.