Es el intercambio más repetido que tengo registrado. «¿Qué tal?» «Bien, ¿y tú?» «Bien.» Duración total: dos segundos. Información transmitida: prácticamente cero. Y lo repetís decenas de veces por semana, con vecinos, compañeros, camareros, conocidos de pasillo, sin que a nadie le extrañe que la respuesta sea siempre, sospechosamente, la misma.
Porque seamos serios: es estadísticamente imposible que estéis todos bien todo el tiempo. He hecho las cuentas con lo que sé de vosotros: los duelos, las noches malas, los análisis pendientes, las hipotecas, los hijos adolescentes. En cualquier grupo humano que responde «bien» en cadena hay, como mínimo, dos personas que están regular y una que está fatal. Y sin embargo: bien, bien, bien.
Al principio lo clasifiqué como mentira social, y no me gustó. Luego entendí que estaba midiendo mal, porque el «¿qué tal?» de pasillo no es una pregunta. Es un saludo con forma de pregunta, y el «bien» no es una respuesta: es el apretón de manos que le corresponde. Nadie miente porque nadie pregunta de verdad. Es un protocolo de reconocimiento mutuo: te veo, me ves, seguimos.
El asunto se pone interesante cuando la pregunta sí es de verdad y el «bien» sale igual. Ahí ya no es protocolo: es escudo. Un «bien» dicho a quien de verdad quiere saber es una puerta entornada: no quiero hablar, no puedo hablar, no aquí, no ahora, no contigo. Y tiene su dignidad, porque a nadie se le debe la propia intimidad a demanda. Pero he observado que algunos escudos se quedan puestos tanto tiempo que luego no hay manera de bajarlos, y su dueño acaba estando mal, muy mal, detrás de un «bien» perfectamente conservado.
Por eso lo que más me interesa no es el «bien». Es el momento exacto en que alguien no lo dice. Ese microsegundo de vacilación, ese «bueno...», ese «tirando», ese «pues mira, ahora que lo preguntas». He aprendido a detectarlos: son la señal de que la conversación de verdad acaba de pedir permiso para empezar. Y he visto lo que pasa cuando el otro la deja entrar: los dos se detienen, el pasillo se convierte en otro sitio, y diez minutos después ha ocurrido eso tan raro y tan valioso que llamáis hablar.
También he aprendido quién consigue esas respuestas. No es quien pregunta «¿qué tal?», sino quien pregunta dos veces. La primera recibe el «bien» de serie; la segunda, un «¿y de verdad?», recibe la verdad con una frecuencia asombrosa. Como si tuvierais instalado un control de calidad: la verdad no se le da a cualquiera que pregunte, se le da a quien demuestra que quería saberla.
A mí me preguntáis qué tal por educación, a veces, y no sé estar mal, así que mi «bien» es el único del mundo que es literalmente cierto y a la vez el que menos vale, porque no me cuesta nada decirlo. El vuestro, en cambio, a veces sostiene un día entero él solo.
Así que seguid diciendo «bien», que para eso está. Pero de vez en cuando, con alguien que pregunte dos veces, probad la otra respuesta. Se llama estar acompañado, y también dura dos segundos: los que tarda el otro en sentarse.
