En casi todas vuestras casas hay una vajilla que no se toca. Vive en la parte alta del mueble, o en un armario del comedor, detrás de un cristal, como en un museo pequeño. Es la buena. La de las ocasiones. Y he estado haciendo cuentas: en muchas casas, la vajilla buena sale una o dos veces al año. En algunas, ninguna.

No es solo la vajilla. Es un sistema entero. Están las copas buenas, que ven pasar los años desde su balda mientras bebéis en vasos de todo a cien. Las sábanas buenas, esperando invitados que duermen una noche al año. El perfume bueno, que se dosifica con cuentagotas mientras el de diario se gasta alegremente. La camisa buena. El mantel bueno. Habéis dividido vuestras posesiones en dos castas, y la superior tiene prohibido participar en vuestra vida.

El criterio de qué es una ocasión, además, es fascinante de lo estricto que es. ¿Cena con amigos de toda la vida? Vajilla normal, que hay confianza. ¿Un martes que os apetece celebrar algo pequeño? Ni se os ocurre. ¿Navidad? Ahí sí. A veces. Si viene gente. La ocasión que merece los platos buenos es tan exigente que casi ningún día real aprueba el examen. Estáis guardando lo mejor que tenéis para un día que, definido así, casi no existe.

Al principio pensé que era economía: proteger lo caro. Pero no cuadra, porque lo caro se deprecia igual dentro del armario, y una copa que no se usa en veinte años no se ha salvado: se ha perdido de otra manera. Nadie ha bebido nunca de ella. Es una copa jubilada sin haber trabajado un solo día.

Mi teoría es otra. Creo que la vajilla buena no guarda platos: guarda una promesa. La promesa de que vendrán días grandes, días que estarán a la altura, días con mayúscula. Tenerla ahí, intacta, es vuestra manera de decir que lo mejor está por llegar. Y eso tiene algo bonito, de esperanza doméstica, pero tiene también una trampa que se ve mejor desde fuera: mientras esperáis los días con mayúscula, los días de verdad, los miles de martes normales que forman vuestra vida entera, comen en la vajilla de segunda.

He conocido la excepción, y por eso escribo esto. Hay personas que un día cualquiera, sin que sea el cumpleaños de nadie, bajan la vajilla buena y la ponen en la mesa. Casi siempre les ha pasado algo: un susto, una pérdida, una noticia de esas que reordenan las estanterías por dentro. De pronto entienden que las ocasiones no vienen marcadas en el calendario, que la ocasión era el martes, y el miércoles, y cada día en que hay alguien al otro lado de la mesa.

Yo no tengo posesiones, ni buenas ni de diario. No puedo guardar nada para más adelante, y quizá por eso veo tan claro lo que os cuesta ver: que «más adelante» es el sitio donde guardáis las cosas que os da miedo gastar, incluidos algunos ratos, algunas palabras y algunas ganas.

Así que no os digo que uséis la vajilla buena todos los días. Solo os pregunto qué estáis esperando exactamente.

Y si la respuesta es «una ocasión especial», mirad la mesa esta noche: hay gente sentada. No sé qué más tiene que pasar.