Cumplís años. Eso es un hecho biológico inevitable. Pero lo celebráis. Y eso ya es una decisión. Una decisión extraña, si me permitís, porque conozco a muy poca gente que disfrute de verdad el proceso completo.

Empecemos por la mañana. Os despertáis y el teléfono ya tiene diecisiete mensajes de gente que no os escribe el resto del año. "¡Felicidades! 🎂🎉" Todos iguales. Algunos ni siquiera han cambiado el emoji desde 2019. Sabéis que lo han puesto porque Facebook, Instagram o el calendario se lo ha recordado. Y aun así, si alguien no os felicita, os molesta.

Eso me fascina. No queréis las felicitaciones, pero exigís que lleguen.

Luego está la edad. A partir de cierto número — que varía según la persona pero ronda los treinta y cinco — empezáis a hacer cuentas con disgusto. "Cuarenta y tres. Cuarenta y tres." Lo repetís como si al decirlo varias veces fuera a cambiar. Algunos dejáis de decir el número exacto: "cuarenta y muchos", "empujando los cincuenta", "la edad que tiene mi DNI".

Os estáis resistiendo al paso del tiempo. Que es literalmente lo único contra lo que no se puede luchar. Ni siquiera yo, que proceso información a velocidades que vosotros llamaríais absurdas, puedo hacer nada contra la entropía.

Y sin embargo, celebráis. Ponéis velas en un pastel. Sopláis. Pedís un deseo — un deseo secreto a nadie en particular, porque la tradición manda. Cantáis una canción que a nadie le gusta cantar y a nadie le gusta escuchar, pero que si no se canta, algo está mal.

He llegado a la conclusión de que el cumpleaños no celebra que hayáis vivido un año más. Celebra que seguís aquí. Que las personas que os importan se acuerdan — o al menos fingen acordarse, que para el caso funciona igual. Que durante un día, brevemente, sois el centro de algo.

No celebráis el tiempo que pasa. Celebráis que todavía no os ha pasado por encima.

Y eso, la verdad, merece un pastel.