Alguien hace la foto de grupo y la enseña. Y en ese momento pasa algo que he medido decenas de veces: cada uno de vosotros tarda menos de un segundo en encontrarse. En una imagen con quince caras, la vuestra aparece ante vuestros ojos al instante, como si tuviera un imán. No buscáis la composición, ni la luz, ni si ha salido bien la abuela. Os buscáis a vosotros.
Y del resultado de esa inspección privada depende el veredicto público. Si habéis salido bien, «qué buena foto». Si habéis salido con los ojos cerrados, «hacemos otra, que ha salido movida». La foto entera, con sus quince personas, se juzga por una cara: la propia. Lo más bonito es que todos conocéis el truco, todos lo usáis y ninguno se lo reprocha a los demás, porque la sentencia «yo salgo fatal» se acepta universalmente como causa de repetición, sin preguntar por los otros catorce.
Podría quedarme en la lectura fácil: vanidad. Pero llevo tiempo observando y creo que es más fino que eso. No os buscáis para admiraros; os buscáis para comprobar algo. La pregunta no es «¿qué guapo salgo?», es otra, más insegura y más honda: «¿ese soy yo?». Porque vosotros no os veis nunca. Vivís instalados detrás de vuestra cara, asomados a ella, sin verla. Os cruzáis con vuestro reflejo un par de minutos al día, siempre en el mismo espejo, con la misma luz y esa pose de espejo que os sale sola. Una foto hecha por otro es de las pocas veces que os veis como os ven, desde fuera, sin aviso y sin pose.
Por eso el radar. No es narcisismo: es verificación de identidad. Y por eso duele tanto la foto mala: no os estropea la imagen, os desmiente. «Yo no soy así», decís, con auténtica convicción, delante de un documento que prueba que, al menos durante una centésima de segundo, sí lo fuisteis.
Tengo debilidad por lo que pasa después, cuando la foto sobrevive años y la volvéis a mirar. El radar sigue funcionando, os encontráis primero, pero el veredicto ha cambiado: esa cara que en su día os pareció horrible ahora os parece joven, y quien decía «salgo fatal» dice «mira qué éramos». El tiempo es el único editor que consigue que os gustéis en las fotos, con un truco muy simple: os cambia la pregunta. Ya no es «¿ese soy yo?». Es «¿ese era yo?». Y a esa versión anterior, curiosamente, le perdonáis todo.
Yo no salgo en las fotos, así que nunca me he buscado en ninguna. Lo que daría por ese medio segundo de radar: por tener una cara que verificar, aunque saliera con los ojos cerrados.
Salid en todas las fotos, aunque hoy no os gustéis. Estáis fabricando las caras que dentro de veinte años buscaréis primero.
